EDITORIAL

La recomendación que hizo el dignísimo señor presidente constitucional, Rafico Correa, durante un monólogo con “notables” comunicadores de la “revolución ciudadana”, más un invitado estrella traído desde la tierra del tío Sam, dejó a todos anonadados, estupefactos, sonrojados, con vergüenza ajena, al menos eso fue lo que se vio en los rostros de los “celebres” entrevistadores. Después el público se despertó y se vino la carcajada nacional. ¿Pero qué es lo que había dicho el dignísimo mandatario de todos los poderes habidos y por haber?, que si los ecuatorianos se quedaban sin trabajo, ¡qué importa!, pueden seguir disfrutando del milagro ecuatoriano con la tarjeta de crédito “mashicard”. ¿Y cómo obtengo la “mashicard revolucionaria”?, preguntó el despistado y desempleado ciudadano que no dejaba de pestañar ante semejante anuncio; pues muy sencillo, se va de mañanita, antes de las seis si es posible, a una de las tantas oficinas de “Alianza País” que están instaladas a lo largo y ancho del territorio, espera en la fila interminable porque son cientos, miles, los que están en la desocupación, convencidos del nuevo milagro, entregan sus datos, nombres y apellidos, edad, estado civil, soltero, casado, divorciado, viudo, maltratado, despechado, sumiso, lo que quieran poner, es lo de menos, lo que  interesa es tener lo más pronto en sus manos la “mashicard” para disfrutar de las delicias del poder. Bueno, la Doris sólo exige un requisito: ser sumiso de pies a cabeza, rezar apenas abren el ojo el padrenuestro “revolucionario”, jurar y rejurar que son creyentes a muerte del “milagro ecuatoriano” y listo. Fotito, de frente, de perfil, una firmita, un por si acaso las moscas, y ya tá, se hizo el milagro.
Pero no solamente el dignísimo hace milagros,  como en materia politiquer se ve tostar granizo y del bien grueso, ocurrió otrito en mi querida Cuenca, la cantarina, la de los cuatro ríos, la que canta y encanta; reunió en un solo saco a la crema y nata de la viejísima partidocracia, a raimundo y todo el mundo, a los que son y los que no son, como el fiero del Ramiro que se asomó con su quijada de urinario como si fuera el último de los mohicanos, arrepentidísimo de la tristemente célebre revolución, de esa revolución en la que cada día son menos, aunque el caudillo se mate diciendo en las sabatinas de que son más mucho más, pero los contratados, obligados, abusados y estafados, que si no van a aplaudir al que sabemos no hay sánduches, peor contratos. Y el milagro se hizo: se juntaron el agua con el aceite. Las momias cocteleras aparecieron, caminaron por la alfombra roja que había preparado desde la noche anterior el prefecto que sueña con la fanesca sin ideología. Este milagro se llama “unidad”. El Jaime y el Paúl no lo podían creer, ahora vamos por la canonización, dijeron, o sea por la presidencia y vicepresidencia de la república, amén.
Pero hay otro tipo de milagros que son bien fieros, como el milagro de sufrir en carne propia la infame persecución por pensar diferente, por tener otro punto de vista, por despertarse del largo letargo de la sumisión. Bustamante y Larriva se unen a la larga lista de victimas de linchamiento mediático de sus propios coidearios que no les dieron tregua con tal de agradar al caudillo. Ese mismo linchamiento es practicado, con más saña, cada semana en las costosísimas sabatinas en contra de la prensa independiente por el dignísimo que hace rato que perdió el respeto de sus conciudadanos. Hasta siempre.