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Año 9 - Febrero/2007
BIMESTRAL
N° 37
entrevista    INICIO      Martes 18 de Junio del 2019    
  EDITORIAL

  POLíTICA
La vieja conspiración
Un gobernador socialista
El retorno de Alfaro vive carajo!

  PERSONAJE
Compañera Guadalupe, socialista ejemplar

  DENUNCIA
Revocatoria del mandato
Se busca alcalde

  ENTREVISTA
La educación es un acto de amor

  OPINIóN
Vinicio... cómo sensibilizar a los insensibles...?

POR: Rodrigo Aguilar O.

 

 


  La                      
  educación
                

  es un acto de amor  II parte

los expertos sobre el humor en la literatura ecuatoriana…

    Pues lo que he hecho se hizo un poco al apuro, desordenado. Es uno de los principales defectos que tengo en mi vida y en mis escritos. Pero parece que la ponencia algo dijo, algo dejó. Incluso se publicó más tarde en la revista Diners. Debe ser que ya algunos consideran que tengo algún valor en ese campo. Pero más allá de eso, en mis clases y en mi vida diaria sí he tratado no que mis frases sean una carcajada, pero sí que sean alegres, sobre todo ahora con las chicas. Creo que es una especie de pedagogía de la alegría. Y me agradaban tanto las clases de Alfonso porque eran así, vitales, risueñas. Efraín también. Sus clases que más satisfacían eran las que él anunciaba como asistemáticas: “Hoy día no les voy a dar clases dentro de los temas”, decía. Se restregaba la cara, y empezaba la clase. Nosotros le seguíamos sin fiambre, porque significaba alargarse dos horas seguidas para conversar, discutir, porque era prodigiosa la capacidad que tenía para relacionar muchos temas. Eran las clases asistemáticas de Efraín Jara, que también tenían su buena dosis de humor.

    Hace unos pocos años un episodio que algunos criticaron y otros vieron con regocijo: la presentación de un libro del escritor David Ramírez. Algunos decían que mejor hubiera sido abstenerse de comentarlo…

    Cuando David, a quien estimo mucho, y valoro mucho una de sus obras que se llama “Después del concierto de la tarde”, me dijo que le presentara el libro, le respondí: “Sí, no hay ningún problema, pero yo he de decir lo que crea”. Entonces dije lo que creía, que había cosas muy flojas que tenían que corregirse, decantarse, que había más bien una involución, que no dio el paso adelante sino sobre el propio terreno. No conozco que haya escrito nada más después de ese texto, al menos no ha publicado. Pero yo no lo hice con maldad, con perversidad, sino que no creo tampoco que haya que hacer la presentación de un libro con una serie de hipérboles y exageraciones, y creer y decir que el autor ya es candidato al premio Nobel de Literatura, que tenemos a la gran figura de nuestras letras, y que ya va a engrosar el panteón de los hombres ilustres.

    El problema en general de nuestros escritores es que la literatura no les permite vivir, y por eso tienen que vivir agobiados por dictar clase o escribir la columna periodística. Entonces escriben en las tardes del domingo, dejando de ir al fútbol.  Por fortuna a algunos escritores como el Jorge Dávila no creo que les gusta el fútbol, entonces tienen más tiempo para escribir. Pero insisto, si se hizo un daño fue totalmente involuntario. Lo que me sorprendía en David era que no había la exigencia, la prolijidad con la que había escrito, en cambio, “Después del concierto de la tarde”, que es uno de los buenos libros de la literatura regional o austral. Eso de la presentación de libros es una costumbre peligrosa. Pero tampoco significa que se le dé una altura sideral si no lo merece.

    Después de Jorge Dávila y Eliécer Cárdenas parece que las generaciones siguientes no fueron tan prolíficas, quizá escribieron pero no publicaron tanto.

    Sí, yo creo que sobre todo en el campo de la narrativa, en el que no hay el cambio de posta, el relevo en la literatura del Ecuador. Los escritores de la generación del 74, según Juan Valdano (los nacidos entre 1944 y 1974),  son

los que siguen produciendo y continúan en primer plano: Raúl Pérez, Marco Antonio Rodríguez, Abdón Ubidia, Eliécer Cárdenas, Oswaldo Encalada, Jorge Dávila, Jorge Velasco. Se podría formar un buen equipo de fútbol. Hay cantidad y calidad en esa generación. Después, el vacío. El mismo Cristóbal Zapata debe estar ya en torno a los 40 años de edad. Hubo un taller de literatura que dirigió Miguel Donoso Pareja, que publicó un texto llamado “Cambio de posta” hace algunos años. De esos escritores no había nadie rescatable. Y creo que la mayoría apagó ya la computadora. Tomando en cuenta que Rubén Darío publicó “Azul” a los 16 años, y Medardo Angel Silva a los 20 ya se pegó el tiro; y Rimbaud a los 20 dejó decir todo lo que quiso decir. Efraín Jara y Jorge Enrique Adoum siguen siendo los dos referentes fundamentales de la poesía ecuatoriana; sin embargo estoy de acuerdo con que en la poesía sí hay nuevas generaciones.    

    ¿De qué manera influyó en su generación el movimiento juvenil de los años sesentas, Mayo 68, cómo los marcó, qué tan concientemente se vivieron esos años de rebelión, de despertar? O quizá en el Ecuador los jóvenes de esa época aún escuchaban pasillo…

    La revolución de las flores y los grafittis sí nos marcó, pero más que a nivel de acción, a nivel de penetración de uno mismo y encuentro de sus propias ideas. Podía influir más eso que estaba sucediendo en París, en La Sorbona, que leer en ese momento el Manifiesto Comunista o tratar de leer algún capítulo de El Capital de Marx. En esa época nos daba marxismo Francisco Olmedo Llorente. Nos llegaba poca información, pero en junio o julio recibimos una conferencia de quien después sería profesor de nosotros: Juan Cueva Jaramillo. El había estado en París, y llega y nos da una conferencia sobre Mayo de 1968. 
    Sencilla, anecdótica, y sobre todo una lista de las frases inmortales de los jóvenes franceses: la imaginación al poder, somos realistas queremos lo imposible, prohibido prohibir. Pero influyó en una revolución mental en los que fuimos en esa época jóvenes. No a nivel de acción.

    Es decir ustedes no usaban pelo largo, escuchaban a los Beatles ni fumaban marihuana…

    Había un grupo más bien diríamos de existencialistas. No precisamente nuestro grupo. He escrito algo sobre eso en estos días. El grupo Syrma, compuesto por gente mayor a nosotros y anterior al 68, era una especie de agrupación tzántzica cuencana, iconoclasta, que rompía barreras e iba en contra de los esquemas. Era un grupo del cual quedó la poesía de Rubén Astudillo, que lo dirigía. Había también uno que otro existencialista muy influenciado por la lectura de Kafka, por el pesimismo de Kafka, que influía mucho más que Camus o Sartre. En vestuario y modas, el vértigo de la motocicleta en los de Syrma, en quienes influyeron películas de un actor norteamericano, James Dean: Al este del paraíso y Rebelde sin causa.

    Tardábamos mucho en reaccionar, pero en todo caso los sesentas fueron definitivos. Nos golpearon a todos. Fue una época irrepetible. El mundo vivía tal vértigo que hasta las ciudades escondidas como Cuenca llegaban esos ecos: los Beatles, James Dean, la filosofía existencial, el Ché, la Revolución Cubana.

    Pero ustedes fueron también, en la década siguiente, los primeros desencantados…

    Sí. El nombre que le pusieron fue el de la década del Desencanto. Se veía que tras esas bellas luces o consejos, normas que de alguna manera rompían la norma, sobre todo con el hipismo. Había la corriente que odiaba el hipismo, y la de quienes lo admirábamos pero no nos atrevíamos a entrar en esa onda. Cuenca no estaba en esa onda. Recuerdo en esa época que el Raymipamba era una especie de cenáculo intelectual: Paco Estrella, el poeta azogueño Noboa, Rubén Astudillo. Este último planteaba formas de oponerse al conservadurismo cuencano, que no eran solamente trivialidades ni bromas negras, sino en las cuales él pensaba seriamente. Claro, nunca las llegó a hacer: poner veneno en los tanques de agua potable, o entrar montado en la moto en el club del Azuay, o deambular desnudo unos días por el parque Calderón a la hora de las retretas. Rubén fue en su actitud muy iconoclasta. Después se amoldó al sistema: pasó a ser director del Departamento Cultural del Municipio, y terminó de diplomático. El rebelde de ayer se volvió el conformista y el abúlico. Hasta la poesía de él se remansó tanto que perdió la calidad que tuvo. Pero Astudillo es un momento importante en la historia cultural cuencana.

    Se le considera la figura poética más importante luego de Efraín Jara…

    Sí, es verdad, y precisamente ésta era la época del silencio de Efraín, a quien luego sus libros le hacen ser el poeta por excelencia, el poeta por antonomasia en Cuenca, pese también a los múltiples problemas que le crearon los oligarcas y los aristócratas y pseudo intelectuales cuencanos. Cuando él presenta “In Memoriam”, era un ataque a toda esa manera de ser cuencana, cerrada, provinciana, de creerse familias de abolengo. Tiene unos versos en los que dice: “Viejas quijadas, viejas quejudas, viejas cojudas, viejas con piojos en las trompas de falopio”. Y en la presentación estaban justo esas viejas, en primera fila, y a él se le ocurrió leer eso. Fue un escandalete, pese a que Cuenca ya no era tan pequeña, aunque seguía siendo pacata, muy gazmoña la ciudad.

    ¿Se está convirtiendo en una suerte de cronista de la urbe sin quererlo?

    Siempre he creído que Cuenca, con hipérbole y todo, es la ciudad más linda del mundo, pese a lo insoportable que somos los cuencanos en las diferentes etapas de nuestra vida. Me he orientado, más que al elogio, un poco a señalar nuestras lacras, nuestras actitudes, nuestros estereotipos, nuestro chauvinismo; aquello de creernos que tenemos la mejor catedral de América Latina; esos pequeños orgullos provincianos de la ciudad culta, de la Atenas del Ecuador, más bien creo que nos han hecho daño. Aparte de eso, a Cuenca la amo profundamente. Es la ciudad en la que nací, en la que quisiera morir. Creo que es la única ciudad en la que viviría. Quizá Quito también.

    Y de dónde surgió aquello de la “Atenas del Ecuador”. Hay quienes aseguran que fue Efraín quien acuñó esa frase.

    Creo que a partir del intento de coronar a Luis Cordero. Por fortuna para él se muere en 1912, y no le someten a ese martirio de coronarle. Pero sí es víctima de la coronación, a lo mejor con beneplácito, Remigio Crespo Toral. A él sí lo coronaron, y entonces sí se proclamaba la identificación, la simbiosis Cuenca ciudad de la poesía. Quizá allí surge el nombre de Atenas del Ecuador.

    Pero parece que las últimas generaciones están haciendo que el mito de la ciudad cultural se convierta cada vez más en una realidad…

    Aunque sea un lugar común, lo importante es que nos hagamos merecedores de esa consideración de Cuenca como la ciudad cultural por excelencia; la ciudad en la que hay vida intelectual, amor por el arte. Cierto es que tenemos acontecimientos de trascendencia como la Bienal de Pintura, el Encuentro sobre Literatura, encuentros de Historia. Pero también hubo situaciones como la Fiesta de la Lira, que nos hicieron mucho daño. Como decíamos en La Escoba, no era la fiesta de la lira sino “la farra de la lora”. Era el endiosamiento: solo en Cuenca nacemos con olor a poesía, como si los cuencanos ya supiéramos hacer rimas desde los primeros berrinches, o como si la poesía se acabara en El Descanso.




 


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