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Año 11 - Junio/2008
BIMESTRAL
N° 45
homenaje    INICIO      Lunes 12 de Noviembre del 2018    
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Homenaje a Hernán Crespo Toral

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POR:

 

 


Homenaje a Hernán Crespo Toral

    El pasado jueves 29 de mayo, en el Auditorio del Banco Central del Ecuador en Cuenca, se presentó el grupo ARS DUO, dentro del programa de homenaje que la Institución bancaria organizó en homenaje al arquitecto Hernán Crespo Toral (fallecido el pasado mes de marzo).
Hernán Crespo Toral fue Director de los Museos del Banco Central por 25 años, y se constituyó en el gran promotor de la recuperación del patrimonio cultural que hoy custodia la Institución.
Ciertamente, los museos por él creados han sido admirados no sólo en el país sino también fuera de él, por la singularidad de ser patrocidaos por un organismo estatal dedicado al manejo y control de la política monetaria, pero con un gran compromiso para con la cultura nacional, por ser el mayor depositario del legado histórico del Ecuador. Luego de su trayectoria en el Museo del Banco Central, Crespo fue funcionario de la UNESCO, organismo internacional para la cultura, en el cual llegó a ser su Director Cultural Adjunto. En 1992, recibió el premio Eugenio Espejo.

    En el homenaje estuvieron presentes los familiares y amigos de Hernán Crespo Toral. Su esposa Doña Esther intervino para agradecer por el gesto noble de la Institución, como un bello homenaje calificó al evento cultural. Reproducimos, para ustedes amigos lectores de El Observador, el discurso pronunciado porque es justo y necesario que queden impresas para siempre en las páginas de esta revista, parte de la vida de un ser humano, de un ecuatoriano, que amó profundamente su patria, su historia y su cultura.


    Para mí es todavía difícil hablar de Hernán y agradecer en su nombre este bello homenaje que le hace el Banco Central, sede Cuenca. Es difícil asumir que él ya no está para agradecerlo.¿Qué decir? En estos últimos días se ha hablado de sus cualidades, de su lucha, de sus éxitos. Quizás deba hablar de mi visión íntima de esa lucha, de su trabajo, de sus ilusiones.Como suelo decir, antes debemos situarnos en el tiempo y espacio, pues los logros cuando ya están ahí hacen que olvidemos los esfuerzos, las dificultades y los desvelos que se han superado para conseguir lo deseado.

    En 1959, a sus 22 años, Hernán vuelve de París donde ha cursado estudios de Museología en l’École du Louvre. El Dr. Pedro Armillas, arqueólogo español con el que había colaborado, al ver su interés y predisposición le sugirió y ayudó a conseguir una beca de la UNESCO. De regreso a Quito se presenta al Ministerio de Educación donde, como parte del compromiso de la beca, debía poner al servicio del país sus nuevos conocimientos y retribuir así lo recibido.
Como suele suceder no hay un puesto específico donde ubicarle y le nombran Observador computador del Observatorio Astronómico que seguramente era el cargo que en aquellos momentos debía estar libre.

    Él sabe que el Banco Central ha comprado la colección de arqueología del Sr. Max Konanz y que, además de las piezas de oro, hay una interesante colección de cerámica arqueológica puesto que la había conocido con el Dr. Armillas.  Estaba a cargo de aquel patrimonio el Sr. Julio Arauz, un personaje maravilloso, un químico, -alquimista, le gustaba decir a Hernán- que se encargaba de aquilatar el metal que llegaba y tasarlo para luego fundirlo y hacer lingotes para la reserva monetaria. Hombre de gran sensibilidad, iba apartando las piezas arqueológicas y así comenzó a formar el fondo de oro arqueológico del Banco.

    Hernán visita a Don Guillermo Pérez Chiriboga, Gerente del Banco Central en aquel tiempo, y se ofrece para estudiar y catalogar los objetos de cerámica. Le dan un espacio en el primer piso de una casa de doña María Augusta Urrutia, en la calle García Moreno y allí se trasladan las piezas. Le han puesto un escritorio y es en ese lugar donde empieza la limpieza y estudio de objetos y fragmentos. Al principio “los tiestos”, las piezas, están en el suelo pero pronto consigue que le den unos anaqueles metálicos de los llamados Dexion y así, en esas condiciones precarias, con una enorme paciencia los va clasificando.

    Llegan más piezas y nuevas colecciones y durante casi 10 años se dedica a ese trabajo, minucioso, limpiando figuras, vasijas, cuencos, ocarinas, cajas de resonancia de las botellas silbato, logrando que le trasmitan las voces de la prehistoria. Durante lo que él llamó la época de las catacumbas lleva a cabo el trabajo paciente de salvar para el país colecciones que corrían el peligro de ser exportadas y perderse, puesto que aquí pocas personas estaban interesadas en la arqueología y los precios en el exterior eran incompatibles con lo que los poquísimos coleccionistas nacionales podían pagar. Al mismo tiempo, iba concientizando a vendedores y huaqueros haciéndoles comprender que aquello era un expolio que perjudicaba gravemente al país, que las piezas sacadas de su contexto perdían su valor histórico y sólo valían por su valor artístico.  La ley de patrimonio era un mito sobre el papel... y me atrevería a decir que, en muchos casos, sigue siéndolo como hemos visto en las últimas semanas.

    No siempre los responsables del Banco Central, personas de formación en economía y finanzas, entendían aquel trabajo, ni la importancia de un departamento de esas características en la institución. Recuerdo que en aquellos primeros años fue nombrado un nuevo Gerente General. Un funcionario del Banco llevó a Hernán al despacho de gerencia para presentarlo y la conversación fue aproximadamente la siguiente: Le presento a Hernán Crespo, museólogo del Banco.  Con cara de sorpresa e ignorancia el buen señor repitió:   Muse .... ¿qué?  
Lógicamente se le explicó de que se trataba pero nunca acabó de comprenderlo, así que cuando alguna vez se encontraba con Hernán le decía: “Ah, ¡Sí! ¡Ud. Es el señor de los tiestos!”  En ese medio había que ganarse el respeto con tenacidad y entrega, llevando adelante una tarea que sólo más tarde sería reconocida. Con el fin de sensibilizar a la opinión pública también daba conferencias, participaba en simposios, concedía entrevistas.

    Mantuvo una estrecha relación con Don Carlos Cevallos Menéndez, Don Francisco Huerta Rendón y el amigo entrañable Olaf Holm que en la costa llevaban a cabo excavaciones científicas e investigaciones que contribuían al conocimiento de nuestro país.

    En 1969, como él decía, se tomó por asalto los pisos 5to y 6to del nuevo edificio matriz del Banco Central para así poder demostrar la importancia de la creación del museo, que no se trataba de un lujo de obras de arte, sino una herramienta fundamental para que el país reconociera la importancia de las etnias indígenas. Recordemos que en aquel tiempo, aún en los libros escolares, la prehistoria del Ecuador empezaba tan sólo con la llegada de los Incas apenas cuarenta años antes de la llegada de los españoles. Así que su lucha era demostrar que la prehistoria ecuatoriana había tenido unas raíces sólidas y un valor trascendental mucho antes y acuñó la idea de 10.000 años de arqueología ecuatoriana. Por otra parte había que reconocer el valor de esas culturas y que los indígenas conocieran la enorme trascendencia de su legado y pudieran identificarse con orgullo con sus ancestros que habían sido sometidos y menospreciados desde la conquista.

    La instalación de las piezas en el museo fue otro trabajo de titanes. Después de hecho el guión museográfico y planificada la distribución, había que poner todo aquello en valor y darle un carácter didáctico. Cada elemento fue objeto de un prolijo diseño. Desde el montaje de las vitrinas en una época en que pegar los cristales no era fácil pues no existían los materiales de los que se dispone hoy en día, se realizaron pruebas y más pruebas para que no hubiera perfiles que interrumpieran la visión y permitieran que las piezas pudieran ser estudiadas con total visibilidad desde diferentes ángulos. Tampoco había presupuesto para importar material y así, por ejemplo,  las letras para muchos de los textos fueron fabricadas en el mismo museo. Se hicieron pequeños moldes de madera que se rellenaron prolijamente con yeso, así se fraguaron miles de letras con las que se escribieron los textos. Incluso, recuerdo a mi madre bordando los cojines para las salas de descanso  del Museo con el dibujo de un sello precolombino. Otro ingenio fue el desarrollo de un mecanismo que balanceaba una botella silbato para que emitiera así sus murmullos. Una radiografía de la botella revelaba las cajas de resonancia donde el agua empujaba el aire para conseguir así sus mágicos silbidos que imitaban el canto de la paloma torcaz, el grito del mono o las burbujas que salían de la boca de la rana. En fin, los que algún día pudieron pasearse por aquellas maravillosas salas, recordarán la pequeña balsa manteña o bien el litófono que el público podía tocar, entre tantas y tantas cosas que se enseñaron y con las que se educó a los niños, colegiales y universitarios del país.

    Recuerdo como se sintió, al ver aquellas piezas innumerables veces acariciadas, poseyendo el pasado, transformadas ahora, dentro de una vitrina, en “piezas de museo”.

    Otro momento anecdótico y difícil llegó después de la inauguración del Museo al que asistieron el Presidente de la República, el Dr. Velasco Ibarra, y   autoridades del país.  Hernán llegó un día a casa descorazonado y me dijo: Voy a preparar mi carta de renuncia. Para mí fue una conmoción , no podía creerlo, y no imaginaba qué podía haber sucedido luego del éxito alcanzado. Desde gerencia le habían citado y le habían comunicado que por razones de seguridad el museo no podría abrirse al público; que sería un museo para los empleados del Banco y sus familias.  Fue un momento delicado pues aquello iba en contra de su filosofía, en contra de todo lo que él creía. El Museo tenía que ser para todos los ecuatorianos y, sobre todo, para los indígenas que debían visitarlo y reconocerse en todas esas culturas que eran suyas y cuyas técnicas ancestrales debían enorgullecerles puesto que eran ellos los portadores de ese acervo cultural. Al fin su trabajo, su lucha, su pasión y su don de convencimiento consiguieron que se desistiera  de aquel absurdo.

    Nació entonces una nueva idea. En el museo trabajaban ya una serie de señoritas universitarias, que dominaban varias lenguas y que se habían ido preparando en los campos de la arqueología y del arte colonial. Eran las guías de museo, a las que además les exigía que no cayeran en la monotonía del discurso, que explicaran los contenidos con pasión y, frecuentemente, les seguía en sus recorridos. Intentaba inculcar a todo el personal su mística, quería que se dieran cuenta de la importancia de lo que hacían y amaran el trabajo que realizaban. Tuvo colaboradores maravillosos a los que insufló ese amor por el país y por la cultura. 

    Hace pocos días nos ha dejado una de esas fantásticas personas Dña. Magdalena Gallegos de Donoso, a la que deseo rendir, con esta oportunidad, un sentido homenaje.
Hernán, creía que era de fundamental importancia que hubiese también guías indígenas, que hablaran quichua y que pudieran guiar en su propio idioma además del español y también lo consiguió.

    A mediados de los años 70 se crearon y desarrollaron actividades para niños, entre ellas destacan los talleres para la  talla de piedra, en ellos los pequeños, guiados por artesanos, podían fabricar utensilios siguiendo las técnicas empleadas por el hombre del Neolítico, talleres de cerámica donde se les enseñaba el acordelado, talleres de orfebrería… y terminaban con una visita guiada al centro de Quito donde se les familiarizaba con el arte colonial. Ya en esa época, especialmente los colegiales del norte de la ciudad odiaban ir al “centro” y había que enseñarles “a ver”, a descubrir toda la importancia y el significado de los monumentos, las iglesias y a amar la sencillez de las casas coloniales.

    Dentro de esa filosofía se hicieron las “maletas didácticas”, que contenían pequeñas figuras hechas en el mismo museo, y que ilustraban las distintas fases de la arqueología nacional y podían ser transportadas a las comunidades en el “bus museo”.
El Museo se consolidó con los años como el referente de la protección del patrimonio cultural en el Ecuador y entonces trascendió sus muros. Se acometieron ¡cómo no! más proyectos: la restauración tanto arqueológica cuanto colonial, las capillas campesinas, donde estaba la esencia de nuestro país.

    El gran proyecto de recuperación de Ingapirca, la consolidación del monumento, la creación de la Comisión del Castillo de Ingapirca formada por eminentes personalidades de la cultura de la región. Y luego las campañas arqueológicas para llevar a cabo las excavaciones aledañas donde hay que destacar el trabajo fundamental del grupo de Don José Alcina Franch, fallecido en 2001.
Una batalla más se libró cuando el Banco Central compró el colegio Rafael Borja   que estaba en este terreno sobre el que ahora estamos para construir la nueva sede de Cuenca. Pidió que antes de que se construyera el nuevo edificio se hiciera una prospección arqueológica, pues estaba seguro de que se encontrarían restos y objetos de Pumapungo. Cada nueva piedra encontrada era un aporte para la cultura y cada una de las piezas, a veces miniaturas, que se encontraron, le proporcionaban a Hernán un gozo entrañable. Aparte de la belleza artística cada objeto contribuía a desentrañar la vida de los ancestros.

    Los arquitectos e ingenieros que ya tenían sus planos hechos y plazos que cumplir no agradecían, como pueden Uds. imaginarse, el retraso que la labor científica suponía. Pero así se recuperaron algunos de los restos de los que hoy podemos disfrutar en este museo.
Hernán deseaba que en Quito se construyera el gran museo nacional y su ilusión era que se hiciera en el Itchimbía por sus vistas espectaculares. Desde allí se podía comprender la ciudad colonial, la traza urbana y el museo se podría integrar en ella. Debía ser un gran museo, con talleres y salas de estudio para los investigadores de las diferentes ramas. Buscó y logró desentrañar un complicado enredo de propietarios, policía, seguro social,.. Aclarada al fin la posesión del terreno convenció al Banco para que lo adquiriera. En una zona de ese terreno se instalaron los talleres de restauración donde se preparaban especialistas en las diferentes áreas del museo. En la actualidad, parte lo ocupa el llamado “Palacio de Cristal”, construcción que era un antiguo mercado en el centro de la ciudad.

    Uno de los últimos proyectos que emprendió desde el Museo fue la recuperación de las pocas casas o edificaciones de madera que subsistían en Guayaquil. Un día sobrevolando la ciudad vio un terreno interesante en el sector de Entrerios y cuando llegó al museo, con Olaf Holm, director del Museo de Guayaquil, hablaron sobre la posibilidad de adquirir ese terreno para instalar allí las construcciones que ya se habían desmontado cuando estaban en riesgo de perderse. Las habían desarmado pieza por pieza, numerándolas como si fueran un lego o un complejo rompecabezas.  El destino de esas casas fue uno de sus grandes sufrimientos cuando ya había tenido que dejar el Banco.

    En París, a veces se despertaba angustiado diciendo ¿qué será de la “casa verde”? Si no las cuidan esas maderas serán pasto de insectos y polillas. Cuando en el año 2000, de regreso a Quito,  le invitaron a Guayaquil para inaugurar la exposición de un pintor contemporáneo, aprovechó unos instantes para ir a La Puntilla y cual no sería su alegría al ver las casas en proceso de armado, gracias al trabajo minucioso del Arq. Pablo Lee. Volvió varias veces al Parque histórico para ver como progresaban los trabajos y disfrutar de la ejecución.
En fin, no quiero cansarles, hubo muchas más obras y proyectos, algunos   se quedaron en anhelos como el de crear los museos en las diferentes regiones, especializarlos, pero al mismo tiempo devolver las piezas arqueológicas que correspondía a cada región.
Hubo también otros momentos difíciles, como cuando le desafiaron  a duelo por haber hecho  confiscar la máscara de oro con los enormes ojos de platino de La Tolita, que durante años custodió el museo. En el consabido y complicado proceso,  un juez dictaminó que la máscara debía devolverse al huaquero extranjero y traficante de piezas arqueológicas, él se negó y les dijo que sólo saldría de allí como su máscara funeraria.

    Y aún recientemente, los promotores de un proyecto en Riobamba, entablaron un proceso judicial en su contra, por dos millones de dólares, porque Hernán defendió apasionadamente el antiguo Teatro León, en perjuicio del centro comercial en que iba a ser transformado. La vida de un “museólogo”, de un hombre de cultura no siempre es una vida tranquila y reposada y menos cuando se vive tan intensamente y se defienden, sin transigir, unos ideales. En los 25 años que Hernán trabajó en el Banco Central del Ecuador supo encontrar la complicidad de sus responsables y gracias a su convicción, su determinación y los frutos evidentes de su gestión, se ganó el respaldo de la institución, sin la cual, no se hubiese podido emprender y consolidar estos proyectos, muchos de ellos pioneros en Latinoamérica.



 


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