Ediciones Anteriores
 
Año 13 - Febrero/2011
BIMESTRAL
N° 61
anÁlisis    INICIO      Martes 15 de Octubre del 2019    
  EDITORIAL

  POLÍTICA
ENTRE DECLIVES Y MESIANISMOS
SE DESGRANA LA MAZORCA
YO VOTARÉ NO
LA FATALIDAD DEL CAUDILLISMO
ESTILO DE GOBIENRO

  ANÁLISIS
POLÍTICA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

  OPINIÓN
EL ECUADOR QUE QUEREMOS

  DENUNCIA
ATRAPADO SIN SALIDA

  SOCIEDAD
VIVIR Y PROGRESAR

  LITERATURA
SABIOS ORFEBRES DE LA PALABRA

  NOTICIAS

  ARTE
JOAQUÍN PINTO

  CULTURA
MUSEOS DE CUENCA

  SALUD
LA MEDICINA CHINA

  COMUNIDAD
20 AÑOS DE ARTE, CULTURA Y SENTIMIENTO

POR: César Albornoz

 

 


Política y libertad de expresión

Definir la libertad de expresión es algo complejo porque el lenguaje con que se la ejerce en multifacéticas manifestaciones, pasa previamente por la conciencia de seres humanos con valores determinados y cargas ideológicas definidas. Por lo mismo, en tareas como esta, nunca ha sido tan válido aquello que los sofistas establecieron hace más de dos milenios y medio: que toda verdad es relativa. Mientras más se aproxima a la realidad, establecerían concepciones filosóficas posteriores, esa verdad es más certera; y para la realidad social, mientras más coincida con los intereses de la mayoría de los integrantes de una sociedad, traduciéndose en formas democráticas de convivencia.

¿Pero qué mismo es la libertad de expresión?

Poder pensar libremente y manifestarlo sin impedimentos, sería una sencilla manera de definirla, y, así aceptada, su más amplia y única posibilidad de concretarse en una infinidad de actividades humanas. Adoptando una postura más rigurosa se podría afirmar que es uno de los derechos humanos fundamentales con connotaciones filosóficas, sociológicas, políticas, religiosas, éticas, estéticas, etc. O como reza el artículo 19 de la Declaración de los Derechos Humanos, aprobado y proclamado el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Al definirla como derecho, esta cualidad humana pasa de lo filosófico al campo de lo jurídico, pilar de todo poder político que la restringe y le pone límites, por más democráticas que sean las normas de convivencia de una sociedad concreta: para que no se convierta en libertinaje, dirán filósofos y juristas. Y en este ámbito la libertad de expresión ya no solo es un derecho sino también un deber o, lo que es lo mismo, responsabilidad de hacerse cargo de lo que uno sostiene a través de sus ideas y estar dispuesto a sanciones legales de un orden establecido. El famoso statu quo que, al censurar mediante sus instituciones lo que alguien opina, tiene la atribución de sancionar al infractor de lo estipulado en diferentes códigos, con las más severas penas como la muerte, la prisión, el exilio, u otras más flexibles como multas, abjuración o retractación de las ideas sostenidas, hasta la más clemente de la disculpa ante el agraviado, que podría poner fin a una controversia.

Todo derecho positivo, pensado como sistema de libertades, garantías, restricciones y sanciones para determinados sujetos sociales, creación humana en fin de cuentas, en algún momento está sujeto a revisión individual o colectiva y siempre surgen transgresores de esa normatividad cuando su conciencia la encuentra reñida con sus convicciones.

La libertad, necesidad hecha conciencia en fin de cuentas, es una fuerza espiritual interna que impulsa a su portador a ejercerla en el ámbito que crea conveniente. Por eso, la libertad de expresión tiene menores o mayores posibilidades según el medio social en que se manifieste: si es privado, podría ser dicha con mayor amplitud, pues la censura o sanción quizás no pase de algún comentario al respecto; pero en público, la situación puede variar sustancialmente, pues ahí la libertad de expresión depende del grado de democracia real existente y se enfrenta con instituciones como el Estado, la Iglesia, centros de estudios, etc., y lo afirmado tiene que atenerse a las más imprevisibles consecuencias.

Además, la libertad natural, individual o social, se puede expresar en dos direcciones. Ya sea en pro del orden, construido de reglas, normas, valores, leyes, principios, creencias, etc., que tratan de mantener las estructuras sociales sin sobresaltos, porque así conviene a determinados poderes, tradiciones o costumbres, que sancionan al que lo altere con sus mecanismos de regulación y control social. O a favor del cambio, en una búsqueda permanente de mejorar la convivencia humana, pensando en el mayor beneficio para mayor cantidad de personas, o grupos de poder en su afán de afianzar ciertos objetivos intrínsecos a su ser.

Gran parte de la historia humana, en lo que respecta a la libertad de expresión, ha sido una larga lucha contra ideologías dominantes, emprendida por visionarios que en su tiempo concibieron otras posibilidades de reconstituir las relaciones sociales, ganando adeptos, por la contundencia de sus ideas, que se organizan de mil formas para tratar de implementarlas en su práctica social.

Paganos contra cristianos, cristianos contra paganos y herejes, católicos persiguiendo protestantes, protestantes a católicos y a otros protestantes y, en tiempos más modernos, conservadores contra liberales. Con el advenimiento del capitalismo, que en su fase revolucionaria debilita considerablemente el poder de la religión con la consiguiente laicización de la sociedad, liberales contra conservadores, hasta que unos y otros se transmutan en burgueses del orden y en antinatural alianza se convierten en perseguidores y sancionadores de socialistas, anarquistas, comunistas y cuanta tendencia humanista, propugnadora de una sociedad libre de explotación del hombre por el hombre, surge. Así llegamos a la decadente sociedad globalizada de nuestros días, dominada por un imperialismo que inventa sus propios fantasmas para justificar cínicamente cualquier agresión en contra de pueblos y culturas que no comulgan con su deshumanizado modelo de desarrollo.

Esa la dialéctica del poder que, guste o no, es el que finalmente impone las reglas del juego en lo que a libertad de expresión se refiere. Esclavismo, feudalismo, capitalismo o socialismo, mediante formas específicas del poder político, en dependencia de la correlación de sus fuerzas sociales, han establecido en cada sociedad concreta los límites hasta donde puede el ser humano expresar su pensamiento, mediante normas jurídicas emanadas de su institucionalidad.

Víctimas de todas esas confrontaciones ideológicas han sido la infinidad de perseguidos, encarcelados, torturados, desaparecidos y asesinados, es decir, silenciados por todas las formas con que dispone la intolerancia de poderes de todo tipo, incluido el poder de aquellos medios de comunicación que se ha alineado a políticas de Estado represoras y conculcadoras de la libertad de expresión de sus opositores o que, con su silencio cómplice, nunca dijeron nada cuando la libertad de expresión de los que no pensaban como ellos era reprimida. Como en el caso del Ecuador de hoy día donde se convierten en sus abanderados, cuando una reforma legal quiere poner ciertas reglas en el lucrativo negocio en que han convertido a la comunicación, y que sus empresas la venden en productos en lo que menos importa es su calidad o los efectos negativos que pueden ocasionar en la sociedad.

Hoy como nunca cobran vigencia las palabras de Lenin, ese gran pensador y líder de una de las mayores revoluciones humanas, quien caracteriza con sorprendente precisión a los dueños de los medios en uno de sus célebres discursos pronunciado en el primer congreso de la Internacional, en marzo de 1919, refiriéndose a la famosa libertad de imprenta: “esa libertad será un engaño mientras las mejores imprentas y grandísimas reservas de papel se hallen en manos de los capitalistas y mientras exista el poder del capital sobre la prensa, poder que se manifiesta en todo el mundo con tanta mayor claridad, nitidez y cinismo cuanto más desarrollados se hallan la democracia y el régimen republicano, como ocurre, por ejemplo, en Norteamérica. (…) hay que quitar primero al capital la posibilidad de contratar a escritores, comprar las editoriales y sobornar a la prensa, y para ello es necesario derrocar el yugo del capital, derrocar a los explotadores y aplastar su resistencia. Los capitalistas siempre han llamado "libertad" a la libertad de lucro para los ricos (…) Los capitalistas llaman libertad de imprenta a la libertad de soborno de la prensa por los ricos, a la libertad de utilizar la riqueza para fabricar y falsear la llamada opinión pública. Los defensores de la "democracia pura" también se manifiestan de hecho en este caso como defensores del más inmundo y venal sistema de dominio de los ricos sobre los medios de ilustración de las masas, resultan ser embusteros que engañan al pueblo y que con frases bonitas, bellas y falsas hasta la médula distraen de la tarea histórica concreta de liberar a la prensa de su sojuzgamiento por el capital.” Si se hace extensivo a todos los mass media y sus inmensos recursos que hoy controla el capital, las conclusiones son de una precisión irrefutable.

Lo que si no puede detener ningún poder ni los que controlan los medios de comunicación fundamentales de una sociedad, representantes de claros intereses económicos, es la capacidad crítica que inevitablemente practican librepensadores. Pues, el pensamiento  es algo que jamás se puede encadenar cuando por la fuerza de sus argumentos se convierte en el espíritu de su tiempo. Siempre las ideas innovadoras, revolucionarias, humanistas, irreverentes contra todo abuso de poder son una fuerza, como esas incontrolables de la naturaleza, que se abren paso de las más insospechadas maneras y se difunden en catacumbas, en sectas heréticas, en hermandades secretas, en partidos clandestinos, en organizaciones de masas,  en redes de internautas y blogueros y en cuanta posibilidad de expresarse tengan para dar vuelo a ese indetenible impulso de llegar a las más altas y excelsas expresiones de la libertad del pensamiento.

Nadie puede poner cadenas a las ideas que se forman en el cerebro crítico y reflexivo de un librepensador que busca esclarecer la realidad del mundo en que vive, para convertirlas en conocimiento que mejore la vida de sus congéneres, haciéndola más gratificante y más digna. Ideas de la ciencia y de la tecnología para transformar el conocimiento de la realidad en bienes prácticos, de la estética para la creación artística, o ideas políticas, en esa esfera más conservadora de la organización social,  para revertir sistemas políticos controladores y represores por esencia, que cuando no disponen de dirigentes y mandos medios con capacidad de combatir con la fortaleza de la inteligencia positiva las ideas contrarias a sus políticas de Estado, institucionalizan de múltiples maneras la censura, el castigo o la represión a la libre expresión.

La libertad de expresión es, por lo tanto, uno de los recursos humanos más poderosos para construir mundos deseados, para derribar muros de intolerancia erigidos con la ignorancia, los dogmas, las supersticiones, los valores morales oficiales o mezquinos intereses de élites privilegiadas. Por eso, en sociedades democráticas, lo más valioso generado por el pensamiento de su pueblo se declara patrimonio intangible de la sociedad y se lo rescata por constituir una de las riquezas más envidiables de su cultura.

 



 


ENCUESTA
¿Está de acuerdo usted que el Tranvía pase por la Calle Gran Colombia en Cuenca?
SI
NO

resultados


  Dirección: Sucre 3-90 y vargas Machuca
3er. Piso, oficina #31
Teléfono: (593-7)2841019
Fax: (593-7)2841103

Copyright © 2012 PROCORP