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Año 17 - Octubre/2015
BIMESTRAL
N° 89
cultura    INICIO      Miércoles 21 de Octubre del 2020    
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Cuentos desde otro Río
El jueves 3 de septiembre del presente año, se realizó la presentación del libro “Cuentos desde el otro río”, del joven escritor cuencano Luis Felipe Aguilar Feijóo, en la Sala de Conciertos de la Casa de la Cultura, Núcleo del Azuay.
Una sala repleta de amigos, familiares, y público amante de la literatura, escuchó las intervenciones de Cédric Rocher y Carlos Vásconez, editor y presidente de la Casa de la Cultura, Núcleo del Azuay, respectivamente; además, de José Corral, editor del Ministerio de Cultura; cerrando el acto, el autor de la obra, quien dio detalles de cómo  fue creando cada cuento, contando experiencias y anécdotas, un proceso literario con apuntes que de pronto cobran vida, se actualizan, se recomponen, toman fuerza, vigencia. “Consciente o inconscientemente estos cuentos se deben a un sitio ya lejano por el tiempo, cercano por el amor, como el la ciudad (Cuenca) donde crecí; y que, además, por las circuntancias lo hago sintiendo la distancia de hacerlo desde otro espacio y momento, vale decir desde otro río”.
Les ofrecemos a nuestros lectores, el texto que preparó Vásconez, sobre el trajinar literario de Aguilar, quien comparte a plenitud sus pasiones de escritor,  abogado, y por supuesto, su familia.


Un hombre avienta desde un puente una botella con un mensaje dentro. Lo ha enrollado con cuidado, lo ha tratado como a una rosa, incluso lo ha olfateado. Piensa que los suspiros de una persona son su legado que habita el aire. Que alguien los puede aspirar. Suspira. No escuchó el chapoteo de la botella. Es un ritual. Es un acto de fe. Siente que en realidad ha arrojado una moneda a un estanque. La botella (recién consumida) viaja sobre un río rojizo de aguas diáfanas y profundas. Lo hace lento, como el viajero ideal que soñaron Swift o Robert Walser. Como aquel viajero que la enamorada lectora, sentada en su mecedora, precisa que regrese. El mensaje garrapateado en el papel indica con detalle los accidentes geográficos de su ubicación y se ve dilatado por largas explicaciones de la flora y la fauna –yerbajos, árboles, insectos, peces, aves y él– que gobiernan las orillas del río. Es, en definitiva, un mapa. La botella sortea las piedras causantes del canto del río (notas de un pentagrama ilegible) rumbo a su destino. El hombre la ve alejarse. Sonríe.
Ese mensaje es el que nos envía Luis Felipe Aguilar en estos cuentos, pensados para la diafanidad, para ser leídos en el autobús de regreso a casa o en el insomnio categórico de medianoche. Poseen una cualidad que en ocasiones descuidamos, nos preparan para el amor. Como fin, como declaración de principios, esa es la tarea, la profunda y hermosa tarea de la literatura, predisponer a sus lectores al amor, al deseo, al cortejo, a la contemplación propia del hecho de amar, a entreabrir la boca de quien paladea las palabras, aprestarla a un beso que viene de lejos, a un “beso volado”. Recordárnoslo de súbito cuando el hombre en su razonamiento profuso y en sus hábitos lo que intenta es volverla palabra ajena, arcaica, indefinida, motivo de burla: o sea, apagarla. Cuando un escritor, con autoridad, con encanto, nos la recuerda, algo se rearma en el mundo. El puzle toma sentido.
Volvemos a contemplar nuestra propia esperanza. La esperanza se llama como nosotros. Es más, volvemos a ser objetos de esperanza porque hemos devenido personajes literarios, apasionados, listos para que surja la magia. Pareceríamos decir, entonces: “Milagros, heme aquí”.
¿No es, todo libro que se sostiene a sí mismo y que trasciende al tiempo, el mapa y la bitácora de viaje de un hombre que se dispuso hallar tesoros en sus entrañas y ofrendarlos a sus contemporáneos? ¿Cursi afirmarlo? Ciertamente. ¿Real?, también.
Cuentos desde otro río, decidor título con el cual Aguilar bautiza esta colección de relatos, han sido escritos durante los últimos siete años, estimo. Aguilar no había publicado desde que, en 2007, la Casa de la Cultura Ecuatoriana capitalina lo hiciera con el cuentario
“El verde oliva”, que anuncia desde entonces a esta alegre comunión de sorpresas.
Cuentos desde otro río nos lleva por sus caudales. A veces se sosiega, otras se precipita. Su meta no es ahogarnos, es tentarnos a no sujetarnos con todas nuestras fuerzas, con el ceño plegado anteviendo el golpazo y el dolor, de babor o estribor; levantar las manos, como en un perfecto asalto de nuestras propias ganas de ser, como el personaje kafkiano, un equilibrista a cabalidad. Este libro no, no nos lleva a la deriva. Nos traslada a donde quisimos, sin saberlo, ir.

Un gran amigo común, el contratenor Fernando Zambrano, en un diálogo de lo más cotidiano, mientras él pensaba en Schopenhauer y yo una minifalda recién avistada, me confesó que pensaba que el “cantadito” cuencano proviene de la presencia (a veces devenida omnipresencia) de sus cuatros corrientes de agua. Si hay río, decía él en su juvenil sapiencia, hay árboles y hay aves y hay viento y hay, por lo tanto, música, es decir arte. Es decir, ritmo. Compás. Sueño. ¿No será que los sueños, esa forma de la ficción, se componen merced al compás y al acompañamiento diario de los coreutas y la sinfónica que son los demás? Cantamos los cuencanos –eso sí, muy feamente, pero con toda la maravillosa desvergüenza del mundo– porque el canto órfico no acalle a las sirenas.

Este libro se compromete con la vena melómana del cuencano por excelencia. Con su esencia. E inscribe ya definitivamente al nombre de Luis Felipe Aguilar entre los cuentistas que esta sagrada tierra ha dado (áureas plumas, reza parte del Himno a Cuenca que no se canta, venturosamente).
Aguilar bastaría mirarlo atentamente a los ojos y descubrir que lo que lleva ahí es toda su infancia bien vivida y que está queriendo contar (los sueños del futuro, que tuvo).
El libro, como nos lo hemos planteado desde nuestro arribo a la Casa de la Cultura azuaya, comprende también su carácter estético. Y más aún en el caso de la colección Último round, de la cual ya ha hablado previamente Cédric Rocher. En este caso, las ilustraciones, tanto de portada cuanto de las guardas, corresponden al artista Ariel Dawi, quien tras nuestra invitación gentilmente nos las puso en consideración. Contar con un artista de trayectoria y con una imagen que de una u otra manera resuma lo que contiene un libro, da, indudablemente, un valor extra al mismo.
No profundizaré en las bondades del libro. Eso le incumbe a José Corral. Solo diré que Cuentos desde otro río nos promete eso que muchas veces olvidamos los lectores: entretenimiento de altura, literatura que aunque aborde la muerte, la aborde con amor.



 


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