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Año 18 - Diciembre/2016
BIMESTRAL
N° 96
internacional    INICIO      Martes 07 de Abril del 2020    
  EDITORIAL

  INTERNACIONAL
FIDEL LÍDER REVOLUCIONARIO
NICARAGUA EL PODER DE LOS ORTEGA

  NACIONAL

  ENTREVISTA
UNIÓN NACIONAL DE PERIODISTAS, RECHAZA PERSECUCIÓN

  OPINIÓN
LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDADANÍA
DERECHOS HUMANOS

  NATURALEZA
MAZAN, EL BOSUQE BIEN PROTEGIDO

  JUDICIAL
HOMENAJE AL SERVIDOR JUDICIAL DEL AZUAY

  CULTURA
PRESEA INTERNACIONAL
PÁGINA LITERARIA
HACIA UN NUEVO MUSEO

  COMUNIDAD
16 DÍAS DE ACTIVISMO
CUENCA UNIDA POR LA INCLUSIÓN

POR: Galo Muñoz Arce

 

 


Fidel líder revolucionario
Este 25 de noviembre del 2016 a sus 90 años, ha fallecido, pasando a otro plano de vida el comandante en jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, líder revolucionario latinoamericano
Tuvo el mérito histórico de haber construido y forjado, junto a una pléyade de compañeros, la  fuerza política que condujo al triunfo de la Revolución Cubana, el Movimiento 26 de julio y ser el conductor de la Revolución Socialista.
Según Eduardo Galeano, sus enemigos dicen que ejerció el poder hablando mucho y escuchando poco. Pero no dicen que puso el pecho a las balas cuando vino la invasión que enfrentó a los huracanes de igual a igual.
Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad, pero no dicen que sobrevivió a seiscientos treinta y siete atentados, para convertir una colonia en patria y pudo sobrevivir a diez presidentes de los Estados Unidos que intentaron destruir la revolución.
Y no dicen que a pesar de todos los pesares, a pesar de las agresiones de afuera y de las arbitrariedades de adentro, esta isla sufrida pero porfiadamente alegre ha generado la sociedad latinoamericana menos injusta.
Y sus enemigos no dicen que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla.
Por citar algunas cifras, según  la UNICEF, Cuba es el único país sin desnutrición y con la tasa de mortalidad infantil más baja de  américa latina. Además 130 mil médicos graduados desde  1961 y el mejor sistema educativo del continente.
Fidel, en el famoso alegato “la historia me absolverá”, de octubre de 1953, señaló que “ningún arma, ninguna fuerza es capaz de vencer a un pueblo que se decide a luchar por sus derechos”, y eso lo demostró y sigue demostrando el pueblo cubano derrotando la dictadura de Batista y  en estos heroicos 57 años de revolución.
Fue un longevo gigante que convivió con pasajeros, mandatarios anodinos, mediocres o despreciables. El último grande del Siglo XX, representante de una pequeña isla de 11 millones de habitantes, sin grandes riquezas pero con una historia de lucha de liberación apasionante.
El internacionalismo macó su política, con las campañas de alfabetización en países vecinos. Su ayuda militar en el derrocamiento del Apartheid en Sudáfrica, Nelson Mandela expresó que Cuba es una fuente de inspiración para todas las personas que aman la libertad. 
Los ignorantes deberán admitir, como mínimo, que ni aquel fue un santo, ni este era un demonio. Convirtió a Cuba en la primera potencia mundial de solidaridad, haciendo de la  Educación y la Salud, prioridades por encima de todo.
Recuerdo al  Fidel que conocí en 1983 en la Habana,  cuando me estrechó la mano y luego me abrazó al conocer que participaba como  internacionalista en la Nicaragua de Sandino.
Se refirió a Carlos Bastidas, el periodista ecuatoriano que luego de entrevistarlo en la Sierra Maestra, ofrendó su vida en suelo cubano.  Al anunciarle mi retorno a Nicaragua, Fidel me externó: “El deber de todo revolucionario, es  hacer la revolución”, recordando al enigmático comandante guerrillero, Ernesto Che Guevara.
Fidel deja un legado ideológico muy potente que transmite un idealismo astuto, unos principios firmes combinados con una lucha pragmática, una épica sin nostalgias necias  y un enfoque permanente a futuro.
En Cuba y América Latina, sobrevivirá el revolucionario eterno al que la historia no solo absolvió, sino que le dio la categoría de gigante.




Marca, espíritu, herencia: ¿qué sobrevivirá de Fidel entre los cubanos?


Mientras todavía se escuchaban discursos de políticos y dirigentes, la enorme Plaza de la Revolución comenzó a vaciarse con una coreografía lenta y cansada. Los primeros en irse fueron los que se habían acercado espontáneamente, apenados por la muerte del líder.
Los medios oficiales calculan que unos dos millones de cubanos se despidieron de Castro durante los dos días que duraron las exequias en la plaza. Muchos caminaron decenas de cuadras para despedir a Fidel, pero la mayoría parecía parte de una enorme brigada política que se bajaba de buses oficiales gritando consignas. Algunos guardaban silencio mientras las lágrimas les corrían por las mejillas.
“Al final yo lo despedí por mi mamá, nunca la había visto llorar así. Y como ella está enferma me dijo que viniera”, explicó Yoansi González, un joven carnicero de 33 años.
“Soy santera, hija de Obatalá, y vine porque el luto ha sido muy duro para nuestro pueblo. Era una gran persona que nos ayudó a hacer revolución pero llegó el momento de los cambios”, dijo Jessica Beltrán, una joven estudiante de 22 años. “La gente tiene que dejar de pelearse y estar unidos para cuando se acabe el bloqueo”.
Yoansi, Jessica y muchos otros jóvenes que asistieron a las exequias de Castro provenían de Centro Habana, un populoso barrio de calles estrechas y antiguos edificios neoclásicos. Es un circuito urbano de casi cuatro kilómetros cuadrados que amaneció calmado mientras las cenizas de Fidel iniciaban su recorrido por Cuba hasta llegar a Santiago, la ciudad que alberga los restos de otros héroes cubanos como José Martí.
Las exequias públicas son una forma de codificar institucionalmente la pérdida, de montar una escena para los libros de historia; es inevitable recordar ejemplos como los funerales de Stalin en la antigua Unión Soviética, los de Kim Jong-il en Corea del Norte o más recientemente los de Hugo Chávez en Venezuela. En Cuba se decretaron nueve días de duelo.
Con Fidel muchos cubanos sienten que el amor y el odio se plasman en el mismo legado. Aunque desde 2006 estaba retirado del poder siempre tuvo una poderosa influencia institucional que, para muchos, retardó los cambios y reformas económicas emprendidas por su hermano y sucesor, Raúl Castro.
El miércoles sus cenizas abandonaron La Habana —la ciudad que transformó a su gusto, donde gobernó por décadas y que, pese a los intentos de asesinato que sufrió, se convirtió en el único lugar del mundo donde se sentía seguro— y para muchos cubanos críticos del gobierno fue inevitable sentir una gran pena al verlo partir.

‘¿Y ahora qué hago?’
“La muerte de Fidel no es fácil de asimilar porque toda la vida te dijeron que era eterno”, dice José Ángel Toirac, un artista plástico cubano cuya obra hace un seguimiento exhaustivo de la iconografía de la Revolución cubana. Su estudio está en Centro Habana, en el último nivel de un edificio ruinoso cuyos pisos y escalinatas de mármol son el tenue recuerdo del esplendor que a mediados del siglo XX convirtió a esta ciudad en una joya de la arquitectura caribeña.
Cada pared está cubierta con sus obras sobre Castro: Fidel votando, hablando, de espaldas, en vasos, al lado del Che y hasta en un tarot que narra su vida.
“Su muerte me recuerda a cuando luchas toda la vida contra algo y, cuando finalmente pasa te preguntas: ‘¿Y ahora qué hago?’. Muchos cubanos sienten eso”, dice, mientras muestra una serie de óleos que fueron prohibidos por los burócratas culturales de la isla.
Son recreaciones de retratos oficiales de Fidel que, gracias al ingenio de Toirac, se convierten en piezas publicitarias de Sony, Coca-Cola, Marlboro y Calvin Klein, entre otras marcas.
“Fidel era tan cuidadoso con su imagen que si la intervienes con un logo, parece un producto publicitario. Él era una marca”, dice el artista.
Aunque muchos critican a Toirac por usar la imagen de Castro, en realidad toda su obra es un tributo al líder. Centrar toda su energía en reflexionar y descontextualizar a una figura tan poderosa no deja de ser un profundo gesto de admiración.
“Más que una persona era una referencia que va a seguir durante toda nuestras vidas”, dice con un aire de resignación.

‘Fidel no va a descansar como espíritu’
A unas cuadras del estudio de Toirac, en la calle San Rafael, el aroma del lechón asado impregna el aire. Proviene de una casa que tiene las paredes llenas de fotos antiguas, pieles de cacería y lámparas de araña que recuerdan el fasto de la era de Batista. Es el paladar San Cristóbal, un restaurante que ha tenido entre sus comensales a presidentes como Barack Obama, Michelle Bachelet, José Mujica y rockstars como Mick Jagger y Robert Plant.
“La gente no entiende que uno tuvo que hacer esto para sobrevivir y ayudar a la revolución, que debe mantener la educación y salud gratuitas. Pero el bloqueo dificulta todo eso”, dice Carlos Cristóbal Márquez, dueño y chef principal, mientras pone orden en la cocina y cuida con esmero la presentación de un arroz congrí.
A sus 53 años el cocinero presume de haber nacido con la revolución y, aunque maneja un próspero negocio al que van muchos turistas, asegura que mantiene intactos sus ideales comunistas.
“Para nosotros la muerte de Fidel es muy dolorosa, yo lo voy a lamentar el resto de mi vida”, explica y se emociona. “El Comandante nos enseñó cosas maravillosas como la verdadera cubanía, ser humildes y tener principios éticos que son ideales, que muy pocas personas valoran”.
Márquez estudió cocina en los ochenta y forjó sus habilidades para fusionar la cocina española con el legado gastronómico cubano en hoteles como el Habana Libre, Capri, Nacional y el Presidente. Pero no se siente un empresario, ni siquiera le gusta que lo califiquen como emprendedor: solo se siente cómodo con el término “cuentapropista”, que es como el Estado cubano define a los que comienzan a desarrollar sus actividades económicas en la isla.
Aunque Márquez admite que el consumo promedio en su local está entre los 25-30 dólares por persona (casi el ingreso mensual oficial de un cubano), no ve ninguna contradicción en eso. “Estos son los tiempos que nos tocó vivir, uno no deja de ser revolucionario por trabajar. La gente que me critica está equivocada y no ama a esta isla”.
Frente al paladar San Cristóbal vive Zaide Romero, de 47 años, quien le ha dedicado su vida al estudio de la santería. El luto le impide celebrar sus ceremonias con el toque de tambores, pero ella cuenta que no ha interrumpido los rituales y sigue invocando las energías para que haya paz en su país.
“Nosotros lo amamos tanto que Fidel no va a descansar como espíritu porque mucha gente lo va a llamar y clamará por su presencia. Ya varios amigos míos me dijeron que lo van a incorporar a la Moyumba”, dice. Luego explica que “moyumbar” el espíritu del mandatario significa que lo invocarán al inicio de las ceremonias santeras.
“Nosotros sabemos que, aunque no lo practicó, Fidel se inició en la santería. Mis ancestros me han dicho que era hijo de Yemayá y los cubanos creemos que era hijo de Obatalá. Por eso era tan poderoso, próspero y será una presencia permanente entre nosotros”.

‘El cambio es irreversible’
Mientras la última caravana de Castro bloqueaba las vías principales desde La Habana rumbo a Santa Clara, una de las primeras paradas del periplo de despedida, muchos se preguntaban sobre el futuro próximo de la isla, que no podrá permanecer estática ante hechos poderosos como su nueva relación con Estados Unidos, la crisis europea, la debacle económica venezolana y sus propios retos sociales.
Antes estaba Castro, el hombre de las respuestas, el político de las certezas absolutas y la seguridad férrea. Pero ahora, como dice el escritor Pedro Juan Gutiérrez, le toca a los cubanos enfrentar su destino.
“La modernización de Cuba es irreversible porque es lo que quieren los jóvenes”, dice el narrador de 66 años. “Ya no queda nada de utopía, idealismo, revolución, ni política aunque haya un discurso oficial que exalta eso. A los jóvenes lo que les interesa es hablar inglés o francés y montar un negocio para ganar dinero”.
Pocos hombres conocen tanto la idiosincrasia del pueblo cubano como este escritor de ficciones sucias, crueles y divertidas que narra con un estilo limpio en libros como Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana y Nuestro GG en La Habana, entre otros.
Desde su departamento en Centro Habana, Gutiérrez señala los hitos de su propia obra. Extiende su dedo hacia el edificio Bacardí, la Universidad de La Habana, la antigua compañía de electricidad y todos los escenarios que ha ido plasmando durante décadas.
“Hemos tenido suerte porque Raúl es pragmático y realista. Él está haciendo los cambios necesarios, quizá de manera un poco lenta y pausada pero me parece que va bien”, afirma.
En la calle, unos niños juegan fútbol y cuando marcan un gol gritan “¡Viva Fidel!”. Desde su estudio, Gutiérrez también puede ver el mar y dice que eso lo calma. De repente se interrumpe ante la explosión de colores cálidos del crepúsculo habanero y concluye: “Solo por ese atardecer vale la pena vivir en La Habana. Creo que debemos enfrentar los nuevos tiempos sin odios ni rencores porque eso trae malas consecuencias en la vida individual y social. Hay que empezar sin tantas cuentas pendientes”.

Por Albinson Linares




El abismo entre Castro y Fidel


Sus manos son muy blancas y sus dedos son largos, como de brujo. Sus dientes son amarillos. Yo tengo diez años —1999 o 2000— y estoy muy nervioso: de pie frente a un micrófono, él frente a otro. Miro su uniforme, sus botas y su zambrán. Él me pregunta qué quiero ser de grande y le digo, por decir algo, que médico. Él se alegra. Le gustan los médicos. Es lo que más le gusta. Es su carta de presentación.
Estamos en televisión, en cadena nacional para todo el país. Hablamos un par de minutos. El resto de los pioneros escucha con atención. También las maestras. Las maestras tienen el mal gusto de reprender si uno dice algo fuera de tono delante de las visitas. Pero yo no digo nada demasiado atrevido. Luego me abraza y creo que me besa. Lo quiero mucho, tanto.
Pasan los años, es 31 de julio de 2006, estoy en la sala de mi casa y se interrumpe la programación televisiva. Un presentador hosco anuncia que Fidel Castro se ha enfermado y que su vida peligra. Mi padre me acompaña. Mi padre ha hecho un largo recorrido para llegar a esta noche. Creció en una casa de guano con piso de tierra, se fue a Angola de misión internacionalista, se graduó de Medicina y ahora fuma, aplasta el tabaco en el cenicero, se hunde en el asiento y llora.
La imagen es impresionante porque lo único que se mueve en su cuerpo son las lágrimas. Todo él un músculo tieso, comprimido, que de repente se empieza a desbordar, como un corte mínimo y elegante en la piel. Yo intento imitarlo. Hago pucheros, pero no hay nada en mí que tenga que ser vertido. Me mojo los dedos con saliva y me embarro los lagrimales con disimulo.
Nadie como Fidel Castro logró abrir una distancia tan insondable entre su nombre y su apellido, entre las cargas semánticas de ambos. Partió su país a la mitad, y hubo gente que se cobijó en su nombre, hubo gente que se exilió en su apellido, y hubo gente que se fue por el despeñadero. Yo vengo de ahí, de esa fractura.
En noventa años tuvo muchas muertes y sobrevidas. Fue, sucesiva y a veces simultáneamente, el guerrillero romántico, el nacionalista revolucionario, el campeón del pueblo, el líder carismático y mesiánico, el estadista audaz, el marxista convencido, el caudillo latinoamericano de fusta y espuela, el estalinista feroz, el dictador megalómano.
Aquella noche de 2006, moría el peor Fidel Castro de todos, un gobernante obstinado y diletante, y nacía el más inofensivo, una sombra decrépita que se gastó los últimos diez años de vida física trazando —con la misma voluntad de hierro de todas sus empresas— la caricatura de sí mismo, publicando panegíricos y galimatías tragicómicos en las páginas de la prensa nacional.
Ese es el Fidel Castro de mi vida adulta, un sujeto que en la discusión de su legado no puntúa. No hay pathos en nuestra relación, aunque a mis diez años él me haya hecho creer que sí y aunque así lo hubiera querido yo en 2006. Todo el mundo va a enterrar ahora al Fidel Castro que siente, que debe y que quiere enterrar. Pero lo único que ha muerto —muertas ya todas las figuras anteriores— es el anciano consumido y encorvado, con los ojos hundidos, la mirada vidriosa y el peso insoportable de sus cadáveres encima.
Esto quizás pueda entenderse como un pulso generacional. Visto el odio o el amor que es capaz de despertar, y sabiendo por mi cuenta cómo huelen el amor o el odio, sé que estuvimos muy lejos de ese punto. Los sentimientos que Fidel Castro me inspira son diluidos, volátiles, ropa de segunda mano. Me inspiran más bien las reacciones de las personas a las que Fidel Castro les inspiró algo: la rabia preciosa de Reinaldo Arenas, las lágrimas hondas de mi padre.
He vivido el fin de un régimen, y nadie que verdaderamente haya creído alguna vez en la Revolución justiciera puede decir, si es honesto, que esta catástrofe es su legado. El silencio de La Habana, el primer día del después, es proverbial. La alegría de Miami es predecible. Ambas son obras suyas. Es profundamente desolador, pero también significativo, que después de tanto Cuba se encuentre en estado tribal, sin nada edificante que decirse a sí misma y sin deseos tampoco de decírselo.
Fidel Castro, que fue muchas cosas —incluso, en los últimos años, su reverso—, ha zarpado definitivamente este 25 de noviembre de 2016, justo 60 años después de que el yate Granma zarpara de las costas de Tuxpan, México. Si la profecía se cumple, va a pasar siete días en el mar de la muerte, y luego tocará tierra en algún lugar.

Por Carlos Manuel Álvarez




 


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