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Año 17 - Febrero/2016
BIMESTRAL
N° 91
gente    INICIO      Jueves 29 de Octubre del 2020    
  EDITORIAL

  INTERNACIONAL
DECLARACIÓN DE QUITO
NUEVOS TIEMPOS PARA VIEJAS DESDICHAS

  POLÍTICA
¡LA FANESCA ES TODO, LA IDEOLOGÍA NADA!

  NACIONAL
EL PETRÓLEO Y EL CORREÍSMO A LA BAJA
¿FIN DE CICLO DE LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS?

  ENTREVISTA
"ASUMIMOS LA TAREA CON RESPONSABILIDAD"

  GENTE
EL RINCÓN DE LA NOSTALGIA

  CULTURA
CULTURA Y CREACION 2
ENTRE FULGORES Y SOMBRAS
VUELO DE CONDOR
UNA SEUDO ANTOLOGÍA ECUATORIANO DE LITERATURA

  COMUNIDAD
BARRIO DEL VADO

POR: Felipe Aguilar A.

 

 


El rincón de la nostalgia
Personajes de los ñaupa tiempos

Era petiso, retaco, sin llegar a ser enano. Era feo, muy feo, pero no resultaba grotesco. Coleccionaba deformidades como  su pequeña giba, pero nadie le llamaba jorobado. Farfullaba alguna frase sacramental para saludar a los adultos y y explosionaba en un torrente de nítidos carajos para los huambras que le acosaban con sus silbidos y sus chácharas. Su áspero rostro con sus mil arrugas,  su raída chaqueta, su inveterada boina,  sus inmensos zapatos, parecían no tener edad y venir desde siempre, desde un espacio sin tiempo, desde un país imposible en el que se perdía su mirada entre astuta y soñadora, entre triste y demencial. Sus dos pies chuecos, su doble cojera, le obligaban a  afirmarse como si en cada paso soportase todo el peso del planeta y tuviese que hundirse en el suelo, mientras continuaba una interminable protesta contra todo y contra todos, contra él mismo, contra el mundo. Claro, debía tener algún nombre, pero nadie se preocupó de averiguarlo;  su aire de desamparo, la sonrisa irónica que, a veces, dibujaban  sus labios, su incesante pedalear, hizo que la gente le llamara simplemente, Carlitos. Carlitos, el de la bicicleta.
Carlitos era parte del parque Calderón y era tan consustancial a él como pueden serlo los árboles centenarios, la estatua del héroe, las torres de las catedrales. Sólo que estas son eternas y, Carlitos, algún día, fatalmente, tenía que irse.  Y, se murió nomás. Sin lágrimas, sin elegías, sin notas de condolencia, acaso sin cortejo. Aunque, muchos comprendimos, que, con Carlitos, desaparecía el último de una larga lista de personajes olvidados por Dios y marginados por los hombres, esos seres inefables a los que todos conocemos aunque nada sepamos de su vida, es decir, hombres y mujeres a los que miramos sin ver, a los que se les oye pero jamás se los escucha, en fin, vagabundos, pordioseros, carenciados, gentes del borde que solo inspiran caridad,  con los cuales jamás podemos ser solidarios pues eso implicaría una relación horizontal  y, por nuestra “civilidad”, nuestra ética, nuestra cómoda moralidad, jamás descenderíamos  a ello.
Los que peinamos canas o, definitivamente, ya no peinamos nada, los que estamos en eso que llaman tercera edad y es simple y bella vejez, nebulosamente recordamos al Atacocos, poeta de arrabal,  de rima fácil y agresivo léxico. A la Juana de Arco , una extranjera que declamó, poetizó y recibió homenajes, antes de que se comprendiera su inofensiva, aunque aguda demencia y se escapara para siempre dejándose llevar por las turbulentas aguas del río tutelar.  El Suco de la Guerra, indómito testigo de mil batallas invisibles e imposibles. María, la Guagua, que con sórdida ternura amamantaba  a un niño que solamente existía en la oscura bondad de su corazón. El Polaco, con pinta de Adonis y fuerza de Charles Atlas. El Marianito un joven afeminado y beato, acólito de toda las liturgias, visitante de todas las iglesias, desfilante de todas las procesiones.    El Scania, un chico que se creía bus y al que claro,  inmerso en el tránsito de la ya compleja ciudad,  un día   le fallaron los frenos. El Gabriel, con fama de tonto bueno, perenne agrimensor de las márgenes del Matadero.
Es obvio que esos seres oscuros y pobres, anónimos y, paradójicamente famosos, todavía existen y por allí deben andar, pero la ciudad, al crecer los absorbe, los oculta y ya no los singulariza, ya no los resalta. Ellos estaban bien para la Cuenca pequeñita en la que todos nos habíamos visto alguna vez, la Cuenca de las jorgas esquineras, la Cuenca que iba despacio, la Cuenca que caminaba a pie. Hoy, en la ciudad maraña. al borde del vértigo, a ritmo de frenesí,  con  el deambular incesante de un automotor cada cuatro habitantes  presionados por el reloj, por la mensajería instantánea, a esos seres inefables los dejamos en la penumbra. La ciudad debe seguir su marcha, no hay tiempo para la carcajada, la compasión, la mano amiga, el gesto solidario, no hay espacio para los Carlitos y,  solamente la literatura ocasionalmente, los rescata. Así, en  narraciones de Juan Valdano y Jorge Dávila creemos reconocer a algunos de estos personajes; Napoleón Almeida  diseñó un perfil antológico del Suco de la Guerra y G.H. Mata incluso escribió la biografía del Atacocos, Luis Villavicencio por mal nombre.  En fin, ñaupa tiempos,  personajes que permanecen en el rincón de la nostalgia.  



 


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